Antes de llegar en Zaragoza visitamos el Monasterio de Piedra, recomendado por la cuñada. Es un paseo muy agradable entre cascadas, una pequeña gruta y una vuelta a toda velocidad hacia el Monasterio porque se nos pasaba la hora de la visita, si no le preguntáis a mi hija. Del Monasterio lo que más impresiona es la iglesia semidestruida ya que no me lo esperaba que cuando la guía nos dijo: "pasamos a la iglesia", la iglesia estuviera en ese estado.
Seguimos el viaje hasta Zaragoza. Impresionante la Basílica. Imposible ver a la Vírgen de cerca. Sólo José Manuel pudo acceder al camarín. Le pedimos que le pidiera por todos y seguimos la tradición de arrodillarnos y besar el pilar. Pero no sólo es Zaragoza el Pilar, la catedral, junto al Pilar, merece la pena y La Aljafería no se la puede uno perder. Alhambra, Mezquita y Aljafería, por suerte las conocemos las tres.Y el Tubo, la zona de bares de Zaragoza, donde la primera fue en la frente, una croqueta, 2,40; estaba buena pero no creo que sea para tanto. La segunda tampoco fue acertada al cien por cien. El tercer bar, el de un señor mayor donde tomamos un vino joven de Cariñena que mereció la pena ya empezó a estar bien. Tuvimos que volver al día siguiente para triunfar. Por fin encontremos el garito de los champiñones. Un bar en la confluencia de cuatro calles, en una esquina, donde sólo sirven champiñones y vino o cerveza sin filtrar. Ya con eso el Tubo merece la pena, lo demás lo acompaña.






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